P L É T O R A #3

Animalismo ¡Yo soy la vaca loca!

Con moitvo de la exposición "La pasión según Carol Rama" que Beatriz Preciado comisaría junto a Teresa Grandas en el MACBA, Plétora#3 publica un adelanto en exclusiva de su texto "El miembro fantasma: Carol Rama y la historia del arte" + info

Durante los noventa, cuando Carol Rama busca un lugar de identificación no recurre a figuras de la feminidad, sino a la figura del animal enfermo afectado por la encefalopatía espongiforme bovina: la “mucca pazza”. La vaca loca ocupa de forma obsesiva el último periodo de su vida. Los elementos y motivos característicamente carolramianos (el caucho, las telas de saco de correos, los pechos, las lenguas, los penes, las dentaduras…) se reorganizan ahora en un “teatrino” abstracto para formar una anatomía dislocada que ya no puede constituir un cuerpo. Sin embargo, Rama irá hasta caracterizar esos trabajos no-figurativos de autoretratos: “Estos son extraordinarios autorretratos, extraordinarios, no porque sean bonitos, sino por la idea de estas tetas y pollas de toro, por la manera de ver la anatomía de todos en partes compartidas, extremas.” « La vaca loca soy yo » afirma, y añade, de forma inesperada «y esto me ha hecho gozar, gozar de manera extraordinaria.»

La proximidad entre lo humano y lo animal que Carol Rama hace efectiva en su obra no es únicamente metafórica. La epidemia de la “vaca loca”, transmisible al hombre, revelaba los vínculos bio-culurales, rituales, económicos y sexuales, con lo animal. La epidemia apareció en el Reino Unido en 1986 como una variación bovina de la enfermedad humana de Crutzfeldt-Jakob. Se trata de una enfermedad degenerativa del sistema nervioso central causada por la mutación de un gen que cambia la forma de una proteína: ésta afecta a la célula neural que se desintegra y muere. El cerebro queda literalmente agujereado, produciendo una desconexión progresiva del sistema nervioso.

Si micro-celularmente la epidemia era una cuestión de formas, de estética celular, etológicamente se trataba de una cuestión de ritos, de teatralidad social. La epidemia dejaba al descubierto el circuito de canibalismo animal-humano generado por la industria alimentaria y el “complejo industrial animal” después de la Segunda Guerra Mundial. Tras una dura controversia científica, se determinó que el origen de la enfermedad estaba en la inclusión en los piensos que se daban a las vacas de harinas hechas con restos de carne ovina, caprina e incluso bovina. Entre 1998 y 2000 aparecen en las televisiones de todo el mundo las imágenes, primero de las vacas temblorosas echando espuma por la boca. Después de los mataderos donde se fabrican las harinas animales. Los primeros planos de la carne transformada en polvo. Las fotografías microscópicas de las neuronas infectadas. Finalmente, el sacrificio y las incineraciones masivas de animales. No sólo Carol Rama es la vaca loca: la humanidad es la vaca loca.

Habíamos convertido a los animales vegetarianos en caníbales carnívoros. Y nosotros, “humanos”, éramos los últimos invitados de ese banquete sacrificial. A través de un análisis de las relaciones entre lo visible y la carne, la eco-feminista Carol J. Adams habla de “pornografía de la carne” para referirse a la lógica (sexual, visual, pero también gastronómica) de representación-producción del cuerpo animal como consumible en las sociedades heteropatriarcales. Carol J. Adams y la activista anti-especista Ami Hamlin se refieren a la sexualización gastronómica del animal y a la representación pornográfica de la carne como efectos de un sistema visual “antropornográfico” en el que el cuerpo muerto del animal se representa como un objeto de deseo sexual. El cuerpo femenino es carne y la carne animal un cuerpo feminizado a través de la mirada heterosexual normativa. Es a esa cadena canibal y a los lazos bio-culturales de consanguinidad, deseo, poder y violencia que apunta la obra de Rama.

Esta conciencia de ser-animal-para-ser-consumido estaba ya presente en 1980 cuando Carol Rama retoma en Mancelleria la figura de la Dorina, pero esta vez convertida en carnicera. Representada con cara porcina, la Dorina-carnicera es al mismo tiempo una Cronos devorando a sus hijos de Goya y una Medea de Pasolini en versión humano-animal. Eso es la pasión según Carol Rama. Ansia de devorar para poseer. Sabiendo que nos estamos devorando a nosotros mismos.

Por una parte, en Carol Rama, la vaca loca es una figura posthumana de la histeria. Como la modernidad disciplinaria histerizó el cuerpo femenino, las sociedades farmacopornográficas de finales del siglo XX histerizan al animal. Los temblores de las vacas sacudiendo las enromes ubres, filmados en los mataderos europeos son como los espasmos histéricos fotografiados en la Salpetrier por el equipo fotográfico de Charcot.

Foto de portada Pino Dell’Aquila