EL DIFÍCIL EJERCICIO DE LA CRÍTICA: WALTER BENJAMÍN Y SUS ILUMINACIONES
Emanuela Saladini

Me he encontrado en la difícil situación de tener que definir mi profesión y de tener que utilizar, entre otros, el término “crítico”. Para los artistas la crítica se encuentra al servicio de las distintas instituciones o de la prensa, es parcial, demoledora y nunca constructiva. Quien disfruta del arte opina a menudo que la crítica utiliza un lenguaje abstruso y ensimismado, más propio de una masonería que del mundo de la Doxa. Cada época, cada cultura, cada gremio tiene su propio vocabulario y el mundo del arte tiene una multitud de reinos que, para deslegitimar a los demás, citan a autores diferentes. Así encontramos a los historiadores, a los críticos, a los filósofos y a los artistas. Sin embargo todos, quien más, quien menos, citan a Walter Benjamin. Probablemente lo citan porque no ha sido “exclusivamente” nada: ni sólo crítico, ni sólo teórico, ni sólo filósofo. Por esta razón también es el autor que mejor ilumina la complejidad de nuestra época. Subrayo “ilumina” y no “interpreta” porque la filosofía de Benjamin es un destello que aclara el particular pero que rehuye de cualquier sistema “totalitario” y cerrado. Walter Benjamin pensó reconocer en el surrealismo la fuerza revolucionaría capaz de derribar los fundamentos del mundo burgués. Escribió sobre Baudelaire y Proust, sobre la fotografía y el cinema, analizó el papel del critico y del historiador y también inventó para la radio unas historias preciosas para niños. Su obra sobre los pasajes de París, las galerías comerciales de la capital del siglo XIX, iluminó la cultura de la época, el valor de la mercancía, la relación entre deseo y objeto mercantil. Finalmente, interpretó el siglo XIX como la prehistoria del siglo XX. En esta recuperación fragmentaria que utiliza la cita reside el elemento más revolucionario de su crítica: nada de lo que es “pasado” tiene que ser interpretado como una tradición muerta: todo lo que ha sido tiene que poder revivir en nuestro presente. Revelar la amnesia imperante es, probablemente, el objetivo fundamental del crítico: reinsertar la obra de arte en la historia recordando que no puede ser nunca un punto y aparte. Es necesario recordar al mundo del arte que la novedad es una ilusión del mercado, la novedad es una tediosa vuelta a lo “siempre igual” y es, finalmente, el criterio fundamental que rige la moda. La moda vuelve cada vez a viejas formas para contestar a dos deseos infantiles: el deseo superficial de novedad y el deseo de repetición, lo “mismo otra vez” que tanto nos tranquiliza. La obra de arte no puede ser sujeta a una lógica de mercado ni tampoco puede seguir una interpretación lineal de la historia, creer en un progreso continuo como parece poder hacer la ciencia.

Benjamin se acercó al materialismo histórico y revisó el concepto de Historia entendido como progreso lineal pero también consideró la historia según la interpretación de la teología hebraica, imaginando que el final de la historia sería el conseguimiento de la felicidad del ser humano. ¿Por qué no imaginar que la obra de arte participe del mismo objetivo? ¿Por qué no pelear para que la critica asuma su deber de indicar un camino posible? Sólo posible y nunca univoco. El crítico tendrá que interpretar su contemporaneidad, pasear por las calles de su ciudad como el flâneur de Baudelaire, para poder encontrar la obra de arte capaz de iluminar nuestro presente. Finalmente, la crítica tiene que ir más allá de las interpretaciones convencionales que se refieren sólo a la materia de la obra de arte para desvelar su “contenido de verdad”. Benjamin se refiere en este caso a la literatura y afirma que una ley fundamental de la literatura es que cuanto más su contenido de verdad es significativo tanto más éste se encuentra estrechamente e invisiblemente ligado a su contenido real. Esta afirmación se podría aplicar a cualquier proceso creativo. No se trata de retomar la antítesis entre forma y contenido sino de recordar que tanto las palabras como los elementos que conforman una obra de arte tienen que ser “necesarias”. Benjamin afirma también que los pensamientos del autor y de los críticos contemporáneos de la obra son importantes como pausas de reflexión. El contenido de verdad de una obra de arte se puede divisar sólo en particulares circunstancias y en determinados períodos históricos, no necesariamente coevos a la propia creación. Para Benjamin, la crítica tiene que tender a la percepción más clara posible de lo verdadero (la verdad filosófica) en lo bello (la obra de arte).

Así que para Benjamin la crítica inmanente tiene que desplegar las líneas y las verdades más íntimas de la obra de arte, partiendo de su interior, y tiene que hacerlo para permitir que la obra de arte pueda hablar por sí misma. El crítico tiene que transformarse en un medium que permita a la obra desplegarse. [McCole, 1993, 93]

Benjamin utiliza el método de la cita para conseguir la máxima concreción y la desaparición del autor. En el montaje de citas el crítico desaparece para iluminar fragmentos propios de la obra de arte. El crítico “silencioso” es el que “muestra” a través de la técnica de la construcción de fragmentos. Benjamin se refiere también en este caso a la critica literaria, sin embargo utiliza el mismo método para la critica tout court, citando autores y fragmentos distintos, observando objetos y obras dispares, para dibujar una intuición o iluminar una época o una ciudad en su conjunto. El filósofo sostiene que la obra de arte, por su transformación constante, es comprensible sólo en momentos pasajeros: la “verdad” se encuentra en unos instantes fugaces y la intuición crítica tiene lugar en estos instantes que permiten congelar momentáneamente el movimiento del tiempo. (Gilloch, 2002, 58)

En “El autor como productor”, después de subrayar la capacidad revolucionaria de los montajes de Heartfield, Benjamin parece recordarnos que la fotografía transforma el mundo y no puede ser nunca “sólo” un documento. El valor de verdad de la obra de arte, entonces, no es el de una imagen documental. La pretendida objetividad de la imagen en el arte es una falsificación. Dejamos a los reporteros la pretensión de “enseñar” el mundo tal como es para asumir la tarea mucho más complicada de intentar desvelarlo, aunque fuera sólo por un momento. Para el filósofo, la interpretación de la historia sólo puede ser fragmentaria y funcionar como un resplandor, como un despertar. La tarea del crítico y del historiador, en este sentido, se asemejan: los dos tendrían que desvelar lo que ha sido menospreciado, malentendido, lo que no ha entrado en los grandes manuales de historia o en los grandes museos. El crítico y el historiador, añado yo, tendría también que desvelar aquello que, aunque haya entrado en la Historia oficial, a menudo lo ha hecho por las razones equivocadas.

Emanuela Saladini es Licenciada en Letras y Filosofía en la Universidad degli Studi de Milán y es investigadora en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha investigado en el Centre de Recherche sur l’Art et le Langage de l’EHESS de París y en el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de California en Berkeley. Después de un Master en Gestión Cultural (IART- Madrid), actualmente colabora con las revistas Artecontexto y Casa Vogue Italia. Sus intereses son la relación entre pensamiento estético y arte contemporáneo y la relación entre arquitectura y cultura contemporánea. #

O difícil exercicio da crítica: Walter Benjamin e as súas iluminacións

Atopeime na complexa situación de ter que definir a miña profesión e ter que usar, entre outros, o termo “crítico”. Para os artistas a crítica encóntrase ao servizo das distintas institucións ou da prensa, é parcial, demoledora e nunca construtiva. Quen desfruta da arte opina a miúdo que a crítica usa unha linguaxe abstrusa e ensimesmada, máis propia dunha masonería ca do mundo da Doxa. Cada época, cada cultura, cada gremio ten o seu propio vocabulario e o mundo da arte ten unha multitude de reinos que, para deslexitimar aos outros, citan a autores diferentes. Deste xeito atopámonos aos historiadores, aos críticos, aos filósofos e aos artistas. Porén, todos, quen máis, quen menos, citan a Walter Benjamin. Probabelmente cítano porque non foi “exclusivamente” nada: nin só crítico, nin só teórico, nin só filósofo. Por esta razón tamén é o autor que mellor ilumina a complexidade da nosa época. Suliño “ilumina” e non “interpreta” posto que a filosofía de Benjamin é unha faísca que clarexa o particular mais que refuga de calquera sistema “totalitario” e fechado.

Walter Benjamin creu recoñecer no surrealismo a forza revolucionaria capaz de derrubar os alicerces do mundo burgués. Escribeu sobre Baudelaire e Proust, sobre a fotografía e o cinema, analisou o papel do crítico e do historiador e tamén inventou para a radio unhas historias fermosas para nenos. A súa obra sobre as pasaxes de París, as galerías comerciais da capital do século XIX, iluminou a cultura da época, o valor da mercadoría, a relación entre desexo e obxecto mercantil. Finalmente, interpretou o século XIX como a prehistoria do século XX. Nesta recuperación fragmentaria que usa a cita reside o elemento máis revolucionario da súa crítica: nada do que é “pasado” ten que ser interpretado como unha tradición morta: todo o que foi ten que poder revivir no noso presente. Revelar a amnesia imperante é, probabelmente, o obxectivo fundamental do crítico: reinsertar a obra de arte na historia lembrando que non pode ser nunca un punto e aparte. É preciso recordarlle ao mundo da arte que a novidade é unha ilusión do mercado, a novidade é unha tediosa volta ao “sempre igual” e é, finalmente, o criterio fundamental que rixe a moda. A moda volve sempre a vellas formas para contestar a dous desexos infantís: o desexo superficial de novidade e o desexo de repetición, o “mesmo outra vez” que tanto nos tranquiliza. A obra de arte non pode estar suxeita a unha lóxica de mercado nin tampouco pode seguir unha interpretación lineal da historia, crer nun progreso continuo como semella poder facer a ciencia.

Benjamin achegouse ao materialismo histórico e revisou o concepto de Historia entendido como progreso lineal pero tamén considerou a historia segundo a interpretación da teoloxía hebraica, imaxinando que a fin da historia sería o acadamento da felicidade do ser humano. Por que non imaxinar que a obra de arte participe do mesmo obxectivo? Por que non pelexar para que a crítica asuma o seu deber de indicar un camiño posíbel? Só posíbel e nunca unívoco.

O crítico terá que interpretar a súa contemporaneidade, pasear polas rúas da súa cidade coma o flâneur de Baudelaire, para poder atopar a obra de arte capaz de iluminar o noso presente.

Finalmente, a crítica ten que ir alén das interpretacións convencionais que se refiren só á materia da obra de arte para desvelar o seu “contido de verdade”. Benjamin refírese neste caso á literatura e afirma que unha lei fundamental da literatura é que canto máis o seu contido de verdade sexa significativo tanto máis este se encontra estreitamente e invisibelmente ligado ao seu contido real. Esta afirmación poderíase aplicar a calquera proceso creativo. Non se trata de retomar a antítese entre forma e contido senón de lembrar que tanto as palabras coma os elementos que conforman unha obra de arte teñen que ser “necesarias”. Benjamin afirma tamén que os pensamentos do autor e dos críticos contemporáneos da obra son importantes como pausas de reflexión. O contido de verdade dunha obra de arte pódese divisar só en particulares circunstancias e en determinados períodos históricos, non necesariamente simultáneos á propia creación. Para Benjamin, a crítica ten que tender á percepción máis clara posíbel do verdadeiro (a verdade filosófica) no belo (a obra de arte).

Deste xeito, para Benjamin a crítica inmanente ten que despregar as liñas e as verdades máis íntimas da obra de arte, partindo do seu interior, e ten que facelo para permitir que a obra de arte poida falar por si mesma. O crítico ten que transformarse nun médium que lle permita á obra despregarse. [McCole, 1993, 93]

Benjamin usa o método da cita para conseguir a máxima concreción e a desaparición do autor. Na montaxe de citas o crítico esváese para iluminar fragmentos propios da obra de arte. O crítico “silencioso” é o que “mostra” a través da técnica da construción de fragmentos. Benjamin refírese tamén neste caso á crítica literaria, porén usa o mesmo método para a crítica tout court, citando autores e fragmentos distintos, observando obxectos e obras dispares, para debuxar unha intuición ou iluminar unha época ou unha cidade no seu conxunto. O filósofo sostén que a obra de arte, pola súa transformación constante, é comprensíbel só en momentos pasaxeiros: a “verdade” atópase nuns intres fuxidíos e a intuición crítica ten lugar nestos instantes que permiten conxelar momentaneamente o movemento do tempo. (Gilloch, 2002, 58)

En “O autor como produtor”, despois de suliñar a capacidade revolucionaria das montaxes de Heartfield, Benjamin semella lembrarnos que a fotografía transforma o mundo e non pode ser nunca “só” un documento. O valor de verdade da obra de arte, entón, non é o dunha imaxe documental. A pretendida obxectividade da imaxe na arte é unha falsificación. Deixamos aos reporteiros a pretensión de “ensinar” o mundo tal e como é para asumir a tarefa moito máis complexa de intentar desvelalo, aínda que fora só por un momento. Para o filósofo, a interpretación da historia só pode ser fragmentaria e funcionar coma un refulxir, coma un espertar. A tarefa do crítico e do historiador, neste senso, aseméllanse: os dous terían que desvelar o que foi menospreciado, malentendido, o que non entrou nos grandes manuais de historia ou nos grandes museos. O crítico e o historiador, engado eu, terían tamén que desvelar aquilo que, aínda cando teña entrado na Historia oficial, a miúdo o fixo polas razóns equivocadas.

Traducción: Roberto Abuín.

The difficult task of criticism: Walter Benjamin and his illuminations

I have come across the difficult situation of having to define my profession and having to use, among others, the term “critic”. In the view of artists, criticism serves the interests of the different institutions or the media; it is biased, damaging and never constructive. Those who enjoy art very frequently think that the language of criticism is abstruse and self-absorbed, more in tune with that of a Masonic lodge rather than with that of the world of Doxa. Each period, each culture, each Guild has its own jargon and the artistic world has a multiplicity of kingdoms that, in order to render each other illegitimate, quote different authors. Such is the case that we have historians, critics, philosophers and artists. However, all of them, to a greater or lesser extent, quote Walter Benjamin. The reason might be that he has not been just “something” in particular: neither just a critic, nor a theorist, nor a philosopher. That is also why he is the author who best “illuminates” the complexity of our time. I emphasize “illuminates” instead of “interprets” because Benjamin’s philosophy is a spark that illuminates the particular while bypassing any sort of “totalitarian”, closed system.

Walter Benjamin thought that he had found in surrealism the revolutionary energy that would be able to knock out the principles of bourgeoisie. He wrote about Baudelaire and Proust, about photography and cinema, he analysed the role of the critic and the historian and invented beautiful radio stories for children. His work on the arcades of Paris, the commercial galleries of the capital of the 19th century, enlightened the culture of that time, the value of merchandise, the relationship between desire and mercantile object. He eventually interpreted the 19th century as the prehistory of the 20th century. It is precisely in this fragmentary recovery that uses quotes where the most revolutionary element of his criticism resides: nothing that is “past” needs to be interpreted as a dead tradition, everything that “was” has to have the capacity to be brought back into present. Probably, the main goal of the critic is to reveal the prevailing amnesia: to put the artwork back into history again, remembering that it can never be the result of a complete break. It is necessary to remind the art world that novelty is an illusion of the market, novelty is a tedious way of coming back to the “same old same old” and it is, finally, the fundamental criterion that governs fashion.

Fashion resorts all the time to old models to satisfy two infantile wishes: the shallow desire for newness and the desire for repetition –the same all over again– that has a reassuring soothing effect on us. The work of art cannot obey any kind of market logic; neither can it follow a linear interpretation of history, believing in a never-ending progress as appears to be possible for science.

Benjamin dealt with historical materialism and revisited the concept of History understood as linear progress but he also considered history according to the interpretation of Hebrew theology, under the belief that the end of history would bring about the achievement of happiness for human beings. Why should not we imagine that artwork partakes in the same objective? Why should not we fight to make criticism assume its own duty of indicating a possible pathway? Only possible, never univocal.

The critic will have to interpret his contemporaneity, strolling through the city streets in the manner of Baudelaire’s flâneur, so that he can find the work of art able to illuminate our present.

Finally, criticism must go beyond the conventional interpretations that refer only to the matter of the item to disclose its “true content”. In this case, Benjamin refers to literature and he states that a fundamental law of literature is that the more its true content is significant, the more this is closely and invisibly linked to its real content. This assertion could well apply to every single creative process. It is not about resuming the antithesis between form and content, but rather about remembering that both the words and the elements that constitute an artwork must be “necessary”. Benjamin also affirms that both the author’s thoughts and the thoughts of the contemporary critics of the work are guidelines for reflection. The true content of an artwork can be glimpsed in particular circumstances and certain historical periods, not necessarily coeval with its own creation. According to Benjamin, criticism must tend to the most clear possible perception of the true (the philosophical truth) in beauty (the work of art).

Thus, for Benjamin, immanent criticism must unfold the lines and the most intimate truths of the artwork, taking its “inner self” as a starting point, and it must do it to let the artwork speak by itself. The critic has to become a medium for the work’s unfolding. [McCole, 1993, 93] Benjamin uses the quotation method to achieve the highest degree of precision and the author’s disappearance. As the quotes get assembled, the critic disappears to illuminate fragments of the work of art itself. The “silent” critic is the one who “shows” through the fragments’ montage technique. In this case, Benjamin refers one more time to literary criticism, however, he uses the same method for criticism tout court, quoting different authors and fragments, observing diverse objects and works, to draw an intuition or illuminate an era or a city on the whole. The philosopher maintains that the artwork, due to its permanently ongoing transformation, is apprehensible only at fleeting moments: the “truth” resides in some passing instants and the critical intuition takes place at those moments that allow for the momentary suspension of the passing of time. (Gilloch, 2002, 58)

In “The Author as Producer”, after highlighting the revolutionary capacity of Heartfield’s montages, Benjamin seems to remind us that photography transforms the world and that it can never be “just” a document. The true value of an artwork is thus not that of a documentary image. The sought-after objectivity of the image in art is a forgery. We leave the intention of “showing” the world exactly the way it is to reporters, to assume the much more complicated task of trying to reveal it, if only for a moment. For the philosopher, the interpretation of history can only be fragmentary and function like a glare, like an awakening. The critic’s and the historian’s task, in this sense, are similar: both would have to reveal what has been underrated, misunderstood, what has not made it to the great history manuals or museums. However, the critic and the historian –and that is my addition– would also have to disclose what has made it into the official History for the wrong reasons, as is often the case.

Traducción: Elma Barreiro Abad.