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  • El “valor” de la crítica de arte

    Editorial

    “Los grandes acontecimientos tecnológicos –dijo Orson Welles- pueden cambiar nuestras vidas pero no crearán una nueva forma de arte. Pueden crear una generación de críticos de arte que dirán: “¡Es arte!””. Lo pueden hacer con la mirada apasionada del cómplice o con la cara de asco del “erudito, desde la pose sarcástica o incluso con el tono apocalíptico, dejando un rastro de estupidez y desquiciamiento. “Slow news, no news! Los artistas del siglo XX –advierte Paul Virilio-, a semejanza del anarquista y de sus bombas artesanales, del kamikaze revolucionario o de los mass killers celebrados por la prensa de gran tirada, se convertirán en colocadores de bombas plásticas, hacedores de enredos visuales, anarquistas del color, de las formas, de los sonidos, antes de devenir los ocupantes del museo de los horrores de la prensa especializada. Pronto, como lo destacarían Réne Gimpel o, más tarde, Orson Welles, el arte contemporáneo no podría pasar ya de la complacencia de esos críticos de arte que nos dirán qué es el arte, sencillamente porque el arte se habría convertido en desconocido”. Lo cierto es que tendremos casi la certeza de que no sabemos de que hablamos, particularmente cuando lo que nos demora es el arte. Acaso lo que encubre la verborrea es la indignación, aquello que no puede aparecer si no es con la sospecha de que hay “algo” personal.

    El tono apocalíptico, heredero de los malentendidos pseudo-hegelianos sobre la “muerte del arte” o enzarzados sobre los funerales sucesivos del hombre, la historia, la modernidad y el autor, ha hundido sus amargas raíces en el terreno, deprimente por naturaleza, de la crítica de arte. Basta abrir cualquier revista dedicada a las cuestiones artísticas o asistir a un “Simposio” o mesa redonda de pretendidos especialistas para escuchar letanías sobre la imposibilidad del discurso crítico. Lo curioso es que, como en aquel pasaje tan conocido del Don Juan, “los muertos gozan de muy buena salud”. O, en todo, caso deambulan como espectros o zombis, académicos nihilistas o publicistas dispuestos a participar en el cortejo asumiendo el disputado rol del enterradores tal vez porque su cinismo les impide recurrir a otra cosa que a tópicos. Da la impresión, no exagero, que con frecuencia se considera al crítico como un memo, un payaso de última hora o bien un sujeto de una prepotencia insufrible.

    Conviene recordar que Oscar Wilde sugería en El crítico como artista que en los mejores tiempos del arte no había críticos de arte dejando caer una cruda pregunta: “Pero hablando en serio… ¿de qué sirve la crítica de arte?”. Parece que los “poderes fácticos” de la época del la vaporización del arte, cuando el turbo-capitalismo ha revelado que todo lo sólido, por citar anacrónicamente a Marx, se disuelve en el aire, ha decretado que la crítica es una retórica de la que se puede, sin quebrantos psicológicos severos, prescindir. Efectivamente, la crítica es una forma petulante de la escritura que no aporta nada a lo que de verdad importan: la comercialización de los productos que exponen las galerías y que son vertiginosamente arrojados a las ferias, ni siquiera en la hoguera de las vanidades de la bienalización pintan nada los sabihondos que tomaron la manía de citar compulsivamente a pensadores post-estructuralistas herméticos por naturaleza. Pero puede que en el momento en el que la crítica se ha vuelto “impotente”, esto es, cuando el discurso no tiene que ver con el “interés económico” del arte, tiene una tarea esencial que cumplir: decir lo que piensa. Tal vez sea exagerado decir, como hace Wilde, que el futuro pertenece a la crítica pero lo no falta razón cuando indica que “en ningún tiempo la crítica ha sido más necesaria que ahora”. El verdadero valor de la crítica de arte será, me atrevo a simplificar la cosa, pensar a la intemperie, cuestionar el status quo, combatir las imposturas y evitar camuflar la impotencia con el cinismo. Esa posición de independencia no tiene precio.

    Aunque ya estemos lejos de los llamados “años salvajes de la teoría” (aquella atmósfera fascinantemente enrarecida en la que se mezclaron el estructuralismo, el maoísmo telqueliano, el arrebatador o diseminado comienzo de la deconstrucción, el nouveau roman o la nouvelle vague cinematográfica, especialmente, aquella defensa de Godard de lo que es “justo una imagen) conviene recordar el debate que Barthes tuvo que librar, contra la ortodoxia académica, en Critique et verité. Se trataba, frente a las interpretación que convierte al libro en un fósil esplendoroso, de reivindicar al critico como un escritor y a la teoría como una intensa dinámica autorrelexiva porque “ce n´est ni une abstraction, ni une généralisation, ni une spéculation, c´est une réflexivité; c´est en quelque sorte le regard retourné d´un langage sur lui-même”. La reflexión debe retornar a pesar de todo. Podríamos hacer un elogio de la crítica simplemente porque está siendo “enterrada” por un complot de cretinos (ya sean estos los curators del “postureo” neo-hipster, espuma glamourosa del jet-art, pero también por los vanidosos collectors VIP, entregados al Gran Tour del bienalismo ensamblando con las ferias más exclusivas o, en la cumbre del poder del “sistema”, los magnates de la Grandes Marcas de la moda, convencidos de que sus Fundaciones tienen más mando en plaza que todos los museos-archivísticos-post-marxistas que puedan sustentar el apolillado “radicalismo subvencionado) que, en muchos casos, odian más que la crítica o la teoría cualquier ejercicio, por mínimo que sea, del pensamiento. Ciertamente, la pragmática del negocio del arte no necesita de otra retórica que aquella que se basa en guiños de complicidad, sobre-entendidos y camuflajes varios en el astuto manejo de nombres y “eventos”. Hasta un name-dropper puede ensamblar una cita sobada del Antiedipo o generar la impresión de que está totalmente al corriente de los últimos y fascinantes chismorreos de la intrahistoria de las galerías de relumbrón global. La teoría no está, ni mucho menos, de moda y, podemos añadir, que afortunadamente tiene que resistir en los márgenes de la precariedad cultural contemporánea.

    En este momento de abismal corrupción política y manifiesto empantanamiento ideológico, tenemos la obligación de plantar cara al cinismo y dejar de lado la tentación nihilista. Ni siquiera la sentencia de Mao según el caos completo puede contemplarse como una “situación excelente” está en sintonía con nuestra indignación. La tarea de la crítica de arte sigue siendo aquella que se estableció en la Ilustración en pugna con el “Antiguo Régimen” y que Baudelaire sintetizó magistralmente al señalar que tenía que ser “parcial, apasionada y política”. Más allá de la desmoralización, en pleno y descarado “Estado de excepción”, nos vemos obligados a buscar lo excepcional y a reclamar un pensamiento crítico que de cuenta de la singularidad, respetando la diferencia y sin dejar de plantear un proceso antagonista que, por lo menos, revele (desde una posición rebelde) cómo no queremos ser gobernados. Ese “contra-poder” de la crítica, especialmente ahora que está “des-acreditada”, puede desplegarse víricamente, sin recurrir necesariamente a los lugares tradicionales (académicos o periodísticos, cátedras o columnas, al fin al cabo, transformados en ámbitos de una inercia glaciar, donde el rango o la firma se imponen frente a lo que propiamente “hay que decir”) ni tampoco magnificando el potencial de las redes (infectadas por un neo-narcisismo de las pequeñas anécdotas alimentadas por el “like” del muro de facebook), tomando en cuenta la escritura como un proceso semejante al del site-specific-work. Tal vez la crítica de arte sea una forma del bricolage o de lo instalativo, un proceso analítico que tiene que ver tanto con lo cartográfico cuanto con la pugna ideológica, un pensamiento que saca partido de lo casual, esto es, que toma en cuenta las oportunidades sin ser oportunista; en definitiva, pensar hoy en torno a los procesos creativos implica adentrarse en la opacidad y tener claro que, por recordar a Radio Futura, hace falta valor.