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  • La exuberancia de lo real

    En la travesía de las tendencias profesionalizantes algunos jóvenes artistas son capaces de argumentar su propia obra con gran fluidez y seguridad. Con Eduardo Outeiro (A Coruña, 1981) la conversación se alarga fácilmente pero no deja de llamarme la atención que lo registrado por la grabadora contenga tan pocas palabras. Comenzamos nuestra charla hablando sobre el día a día en el taller y me confiesa que echa de menos tener más tiempo para dedicarle a la pintura; que, a pesar de los múltiples asuntos atendidos últimamente, todavía sigue considerándose un pintor. En realidad hace ya cuatro años que recibió la beca José Fernández López en el certamen Novos Valores del Museo de Pontevedra y desde entonces su producción estrictamente pictórica ha desaparecido. En todo este tiempo ha dedicado buena parte de sus esfuerzos a una pequeña empresa de mobiliario expositivo y a Konichiguá, firma textil en la que trabaja mano a mano junto a la diseñadora Estefanía Diéguez y que se caracteriza por alejarse de los procesos habituales de seriación propios de esa industria. Me asegura que en todo este tiempo la carpintería y el patronaje le han influido a la hora de replantearse ciertos procedimientos creativos. También, que lo único que merece la pena cuando te dedicas al arte es ganar tiempo para hacer lo mismo más despacio. La satisfacción de quien dispone de tiempo suficiente para esperar a que el aceite de linaza espese al sol.

    Un vistazo al historial expositivo de Eduardo Outeiro transmite algo de la misma cautela con que mide cada palabra mientras hablamos. Como para todo artesano inmerso en una rutina, las pausas y esperas entre encargos se revelan espacios estratégicos donde alterar los procesos de la normalidad. Detectar esos momentos y entretejerlos formando una trama de significados requiere, en buena medida, huir de la bulimia propositiva que en ocasiones caracteriza a lo emergente. En este sentido, la quietud y serenidad de sus últimos trabajos resulta fascinante y es de suponer que la mudanza a la antigua casa familiar en Curtis haya jugado un papel importante en su configuración. Me refiero principalmente a la serie Chinese tales, título bajo el cual Outeiro agrupa sus réplicas de mobiliario doméstico, copias exactas de objetos humildes y maltratados por el paso del tiempo como un pequeño banco repintado una y otra vez o un antiguo ferrado de madera. “Una de las primeras cosas que llama la atención es el contraste entre los surcos que el tiempo, la humedad, los golpes y las termitas han dejado en ellos, y la manera, cargada de indiferencia, de negación de lo evidente y afán protector, con la que la pintura pasa por encima de todo eso”. Realizados en DM, probablemente el más neutro de los tableros de fibras, tanto las grietas como las texturas, las cabezas de los clavos o los agujeros producidos por insectos xilófagos están tallados con gran fidelidad. La pátina que los envuelve y les confiere su apariencia está pintada al óleo mediante altas concentraciones de aceite de linaza. “El proceso mimético, la seducción de lo falso que arranca a la pieza del pliegue doméstico al que pertenece, se encuentra condicionado por el valor intrínseco del óleo y los aceites que le son propios. Por su contagiosa capacidad autorreferencial”.

    El trabajo de Outeiro opera en la superficie de lo real. Su estrategia consiste en capturar la apariencia circunstancial de determinados elementos cotidianos y exponerla en toda su literalidad. Una ingeniería de reliquias que se inspira en el museo etnográfico y en los gabinetes de maravillas protocientíficos, en la curiosidad humboldtiana del artista estadounidense Mark Dion y en cualquier objeto que por su obsolescencia reduzca la historia del progreso a simple memorabilia. En esta línea de falso conservacionismo se inscribe Palé restaurado, obra que marcó un punto de inflexión en su breve trayectoria al conseguir involucrar todas sus preocupaciones en un mismo gesto rotundo y sencillo. La pieza, que protagonizó una encendida polémica cuando fue expuesta por primera vez en la sede de la Fundación Laxeiro, plantea la rehabilitación de un elemento industrial siguiendo el protocolo de procedimientos que se aplicaría en los muebles y esculturas más valiosos. Un cuidadoso proceso de recuperación de un objeto que tarda noventa segundos en fabricarse y del que se presuponen hasta doce rotaciones comerciales al año. Junto al palé una cartela invita a deslizar la mano sobre la obra para descubrirnos el mimo empleado en cada detalle, la minuciosidad y la dedicación que se oculta tras lo evidente. Con precisión quirúrgica Eduardo detiene el acelerado ciclo de uso de un palé de carga y reinicia el proceso de creación de riqueza en su punto originario. La necesidad que un oficio cubre. Un simple problema de correspondencia entre materiales, procedimientos y significados. Un tratamiento paliativo, en palabras de Juan Fernando de Laiglesia, que presta atención al “valor del cuidado como dedicación silenciosa al sentido profundo de la cosa. Cura en italiano, Sorge en alemán, Souci en francés, Agarimo en gallego”.

    Chinese Tales
    Escultura. Técnica Mixta. | Eduardo Outeiro

    Hablamos de experiencias que nos interrogan sobre las profundas implicaciones éticas que posee todo aquello que excede lo necesario. Piezas como Chinese tales o Palé restaurado son buenos ejemplos de aproximaciones al lujo y la escasez como conceptos interdependientes y, sin embargo, contradictorios. Pero, en este sentido, resulta obligado hablar de Casa de campo (2009), una exposición individual que tuvo lugar en la Galería Sargadelos de Santiago de Compostela y que profundiza en la misma línea mediante un lenguaje diferente. Esta muestra estaba formada por varios lienzos y una serie de pequeños objetos pintados al óleo. No obstante, lo específico de la pintura se diluía en una estrategia discursiva más amplia, con forma de instalacion, que giraba en torno a la idea de exceso visual, la cosificación del kitsch y la seducción de lo falso. Junto al título de la exposición se podía leer la siguiente declaración de intenciones: “Mediante camuflaje irónico la pintura juega con la idea de decoración de lo siniestro y lo rancio. Lo doméstico abandona el lugar común del estereotipo y se convierte en un arma de doble filo”. En esta exposición Outeiro volvía a presentar un problema de correspondencia entre naturaleza y artificio que, en este caso, se resolvía mediante el uso inverosímil del ornamento. En su libro Paisajes del placer y de la culpa Ignacio Gómez de Liaño decía que “la historia no es más que el largo y precavido rodeo dado por el hombre, a lo largo de milenios, para retornar o descubrir el jardín que una vez soñó”. Una casa de campo, como un jardín, responde a la misma pulsión nostálgica de restauración edénica. Hortus conclusus, paradisus claustralis, refinado tema pictórico medieval cuyo subtexto resume de manera universal el intento de reconciliación entre el hombre y el mundo. Un huerto, como un jardín, es una réplica del lugar donde las cosas estaban estrechamente emparentadas con su significado más profundo. “Cuando lo vemos nos decimos aquí se piensa, aquí se trabaja, aquí se sobrevive”. Al imitar la exuberancia de la naturaleza, el trabajo manual se revela como el más sincero de los actos del pensamiento: “Repleto de frutales, antes de la dislocación del lenguaje, antes del miedo, estaba el Edén. Ludwig Wittgenstein fue jardinero, precisamente en un monasterio, el Klostenburg, en las afueras de Viena. El regreso al lugar de la verdad, a la palabra sin dobleces del jardín perdido, remite a la búsqueda filosófica de Wittgenstein”.

    Al igual que en la obra del filósofo austríaco, la idea de retiro y creación en soledad ejerce un influjo constante en el universo de Outeiro. Cabanas para pensar (2011), su producción más ambiciosa, es también la que mejor sintetiza sus preocupaciones artísticas y vitales. El proyecto fue planificado en estrecha colaboración con sus comisarios, Alfredo Olmedo y Alberto Ruiz de Samaniego, y se pudo contemplar en la Fundación Luis Seoane de A Coruña y en el Centro José Guerrero de Granada. La muestra trazaba un recorrido por los refugios personales de once creadores fundamentales de la modernidad. Un viaje de mes y medio por el norte de Europa en busca de la intimidad que cobijó a filósofos como el propio Wittgenstein o Martin Heiddegger, compositores como Gustav Mahler o Edvard Grieg y escritores como Virginia Woolf, August Strindberg o George Bernard Shaw, entre otros. Los resultados de la expedición fueron una serie de fotografías y un herbario formado por muestras de cada entorno, así como plantas, alzados y maquetas de las cabañas realizadas por un equipo de arquitectos. Un extracto del texto que Outeiro escribió a modo de diario de viaje vuelve a poner de manifiesto su interés por analizar la relación entre abundancia y pobreza como dialéctica constitutiva de toda experiencia creativa: “El hombre debe atravesar la cabaña para alcanzar el bosque. Está escrito en la historia del anhelo que ambos linajes deberán reencontrarse para restaurar el paraíso perdido. Y será la cabaña la que intermedie en esa restauración. Thoreau revitaliza la cabaña de Occidente. Él reconstruye a San Francisco con los brazos de un pionero, con la exuberancia y la vitalidad del fundador. Su búsqueda de austeridad responde a un deseo de hallar lo fundamental en cada cosa del mundo, y no hay en él rastro alguno de mortificación o penitencia. Su cabaña en el bosque le permite rodearse de lo que existe en esencia, y esa es la mayor riqueza que se puede suponer”. Pero, en realidad, Bernard Shaw se hizo construir una cabaña a nada menos que cien metros de su mansión y H. D. Thoreau recibía de buen grado las frecuentes y generosas visitas durante su estancia en Walden. ¿Existe en el retiro a la cabaña algo más que un plan romántico, casi aristocrático, de soledad artificial? Resulta difícil imaginar en la actualidad un lugar donde aquellas premisas se puedan llevar a cabo sin menospreciar de alguna manera la complejidad del mundo en que vivimos. Lo que sí sabemos con certeza es que, en aquellos lugares recónditos donde una vez existió abundante vegetación, ahora avanza implacable el desierto. “Asistimos a todas las posibilidades de las que huían aquellos que las construyeron”.

    Palé restaurado
    Escultura. Técnica mixta. 116 x 121 x 20 cm. 2007. | Eduardo Outeiro

    Imagen de portada: Eduardo Outeiro, Vista del Lago Eidsvatnet desde el emplazamiento original de la cabaña de Wittgenstein. Fotografía color. 2011.